| [El Día] |
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Están las mentiras pequeñas, las grandes, las estadísticas y luego viene ésto.
| [El Día] |
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"No matter that we had risen at 6:30, driven north for an hour and then
spent another hour trying to find a parking space in a city that had none.
Driving on an interminably stupid one-way system that flung you back south
if you accidentally missed the unmarked turn-off.
It might have made an inkling of difference if the capital was a pretty city.
But in 1991 it wasn't, by any stretch of imagination. The first monument that
greeted travellers from the south was a shoreline oil refinery whose odour was twice
as unpleasant as the sight of its steel intestines.
Once in the centre, a hotchpotch of architectural styles sullied the pedestrian
Plaza de España, a place where gypsies would charge at you waving linen tablecloths
and frilly pillowcases. And that was your reward for enduring a white knuckle ride along
the TF-1, a testing ground for kamikaze taxi drivers and 16-years-old rally wannabes."
"Daba igual que nos hubiéramos levantado a las 6:30, haber conducido hacia el norte durante una hora y haber perdido otra buscando aparcamiento en una ciudad que carecía de ellos. Conducir en un interminablemente estúpido sistema de un solo sentido que te manda de nuevo hacia el sur si accidentalmente te pasas el desvío no señalizado.
Habría sido algo diferente si la capital fuera una cuidad bonita. Pero en 1991 no lo era ni por asomo. El primer monumento que encontraban los viajeros que llegaban desde el sur era una refinería costera cuyo olor era dos veces más desagradale que la visión de sus intestinos de acero.
Una vez en el centro, un pastiche de estilos arquitectónicos afeaba la peatonal Plaza de España, un lugar donde las gitanas cargaban contra ti ondeando manteles de lino y fundas de almohada con volantes. Esa era la recompensa por aguantar un viaje tenso por la TF-1, una pista de pruebas para taxistas kamikazes y aprendices de piloto de rally de 16 años."


El 20 de Abril de 1866, aparecía en un diario de Las Palmas (Llamado “El País”, sin que guarde relación con el actual) un anuncio que exaltaba las excelencias del Jarabe de Rábano Iodado como sustituto del aceite de hígado de bacalao. Lo fabricaban los farmacéuticos de Su Alteza Imperial el Príncipe Napoleón (que moriría seis años más tarde) y traía un prospecto en el que se leían las recomendaciones de los más afamados médicos de París, igual que los fabricantes de lavadoras con los detergentes.
Este potingue demostraba su poder actuando contra el germen de las enfermedades escrofulosas y el infarto de las glándulas, dolencias todas desmitificadas en la quinta temporada de House, pero que en aquel entonces daban sus digustillos.
Nótese la exquisita discreción con la que se deja caer alguno de los poderes del ungüento:
“las personas adultas que tienen un vicio, una acritud en la sangre, una enfermedad en la piel, úlceras hereditarias o funestas consecuencias de las enfermedades secretas obtendrán rápidamente un alivio inmediato.”
Como anécdota, sirva el hecho de que este producto se vendía exclusivamente en la Farmacia Suárez que, al parecer, sigue existiendo en nuestros días. Si algún escrofuloso lector se acerca por allí, que pruebe a pedir una botellita y nos diga que tal va. Eso sí, beba con moderación no vaya a acabar como el Príncipe Napoleón.
Anuncio sin complejos aparecido en la prensa de Tenerife el 26 de febrero de 1962. En él podemos ver a una señorita insistiendo en que no nos preocupemos porque los cigarrillos que anuncia son “un seguro para su garganta”. Por si no queda claro, el grafismo cincuentero nos muestra un documento titulado “Póliza de seguro para su salud” y en el que se acierta a leer la primera cláusula y parte de la segunda: 1ª.- Su garganta queda asegurada sólo con fumar cigarrillos Rex suaves
2ª.- Hombres y mujeres pueden fumar los exquisitos cigarrillos Rex porque…
Nos quedamos sin saber por qué ya que la “póliza” queda oculta por el resto del anuncio. Se da la circunstancia de que el periódico, que se publicó los lunes entre 1943 y 1965, se llamaba Aire Libre.
Bien es sabido que los alisios toman cuerpo y presencia especialmente en los meses de verano. Con cambio climático o sin él, lo cierto es que en Julio de 1909 la ventolera se llevó una sábana de hilo bordado de la azotea de Teobaldo Power, 17 (Santa Cruz de Tenerife). Eso podría pasar hoy perfectamente pero, ¿quién pondría un anuncio en la prensa para recuperarla?. ¿A cuanto ascendería la gratificación?. ¿Sería finalmente devuelta?
Similar suerte corrió un abanico en Las Palmas en Marzo de 1865, su dueño/a suplica que le sea devuelto y ofrece gratificación. Sorprende la descripción del abanico y los detalles del trayecto en el que posiblemente se extravió. La plaza Príncipe Alfonso es la actual Hurtado de Mendoza.
¿Cómo sería el mercado inmobiliario a principios de siglo?
Pues muy tranquilo, según se desprende de este entrañable anuncio aparecido en El País en 1909. El principal y único reclamo de la vivienda es que tiene agua. No queda claro si se trata de agua corriente, con sus tuberías, sus grifos y esas cosas o simplemente un aljibe. Escalofría la conexión con el presente ya que las referencias se dan en la Estación Central del Tranvía. Esa que hoy ha vuelto a llamarse así aunque no pare ningún tranvía en ella.
Mi eterno agradecimiento al archivo de prensa digital. de la ULPGC por poner a disposición de todos estas perlas de oscuro pasado.
Gracias al archivo de prensa digital que ofrece la Biblioteca Universitaria de la ULPGC podemos asomarnos a la insondable sima del pasado de Canarias. Leer sobre las cosas que ocurrían en las islas hace más de cien años provoca sensaciones contradictorias. A veces, estos diarios desaparecidos parecen estar hablando de tierras remotas mientras que en otras ocasiones, asusta la actualidad de sus contenidos. Como aquí no estamos para hacer antropologías, procedo a extirpar cualquier consideración más elevada para quedarme con la anécdota y el chascarrillo, aguas en las que nado con casposo estilismo. A mediados del siglo XIX se publicaba en Las Palmas un periódico llamado El País, en el que trataban fundamentalmente cuestiones relacionadas con el comercio local.
Tras haber leído unos cuantos ejemplares, me impactó la profusión de anuncios ofreciendo sanguijuelas. En aquel entonces estaba en boga la creencia de que buena parte de las enfermedades se debía a un exceso de sangre. Lo suyo, como no, era acudir a una barbería para que te aplicaran hasta una decena de gusanos hematófagos mientras te hacían unas mechas. Por si la idea no resulta suficientemente repulsiva, sépase que era muy popular su uso para reducir las inflamaciones de amígdalas, no digo más.